In an octopus´s garden...in the shade



Cada evento gordo tiene su símbolo, o tal vez dos. Y no son las mascotas oficiales, ni los prescriptores impuestos, ni lo que una agencia vende, ni lo que el dueño de la fiesta decide. Los iconos eventeros, mundiales o de pueblo...los hace la gente, lo que les hace gracia...y después le dan forma de creencia tribal.

En Sudáfrica 2010 las vuvuzelas estuvieron a punto de pasar a la historia de las marcas a base de intolerables decibelios. Pero demasiado primitivas, demasiado pasajeras. También esa potentorra Larissa Riquelme - la novia del mundial - que paraguaya y pechugona ella y sin solución de continuidad como animadora - lo que el equipo dió de sí - vendió unas cuantas portadas, unos reportajes despelotadores, y unos cuantos miles de visualizaciones youtuberas. Efímero también...nuestras mentes la olvidan, a pesar de tan impactante visión.

Pero lo de Paul es otra historia. Es el símbolo de la magia, de lo simpático, el mito nunca explicado. Se le encumbró como adivinador y se le trató con los privilegios de un panda...tal vez incluso con los del esqueleto de un Tiranosaurio Rex. Y dio dinero porque el misterio vende.

Paul ha muerto y no está en compañía de cachelos, lo cual es todo un triunfo para un cefalópodo al que le ha echado más de un vistazo un gallego. Y con él se va la racha alemana, la gloria futura de la Roja, la ilusión de los menores y el cachondeíto de sus mayores...ojeadores wikipédicos en la sombra para ver si ello era posible. Ah, y casi 4 milloncitos de dólares que preparaba la caja.

Ahí queda la marca, la del único Octopus non vulgaris. Ya son todos Paul, vayan de Nostradamus o en nuestras futuras tapas.

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