Turbantes, ropa cómoda y sin olvidar los kleenex




Lo que el petróleo (o la falta de él) y las "amistades peligrosas" (en forma de dólares o rublos) no terminaron de lograr, puede que un virus, un simple virus elevado a la categoría de plaga "bíblica" (pero de las del final del libro) empiece por resquebrajar ese falso mito de la unidad árabe, esa que mete en el mismo saco a los millonetis saudíes y a los piratas somalíes, a los cobardes kuwaitíes y a los atómicos iraníes, a los "y-tu-de-quién-eres" iraquíes y a los perejilianos marroquíes.

A La Meca, siempre se ha dicho, no debe faltar "ni dios" no solo porque lo ordene ese libro llamado Corán o esa marca llamada Islam. La ausencia es la debilidad más humillante ante el monstruo gordo de occidente, ese que se lo bebe crudo y se los come a cada salida de tono.

El ejemplo de la precavida Túnez - si se atreve - se verá con buenos ojos en el hemisferio norte, pero puede avivar los fantasmas "cismáticos" entre los millones de fieles que si lo son a su dios y a su profeta, lo son un poco menos al aliado de turno, dependiendo de si el que manda lleva ropas negras, barbas blancas o prominentes bigotes. Porque como a este mundo le dé por toser...

Google Zen




Harta de comérselo todo y en pleno atracón, Google se da cuenta que ha engordado demasiadoqué reservas tiene, pero no buena figura.
Siempre llega un momento en esas marcas acaparadoras, que al mirarse al espejo - en este caso monitor - no se gusta, ve demasiadas cosas, se lía y nos la lía. Y en un instante, piensa que si sería la misma con otro aspecto, si los que la usan se lo perdonarían, si en definitiva, la entenderían.

El minimalismo tras alcanzar las más altas cotas del potpurri es una tentación creativa comprensible, solo al alcance de las marcas que hagas lo que hagas con tu mente, siempre se te aparece, como las chirivitas al cerrar fuertemente los ojos.

Google, se vuelve simple al estilo más Apple. Y a priori, se lo agradeceremos.

Un poco de fitness y un correr despavorido al embarque



El sueño dorado de un product manager es que su producto - o su conjunto de ellos - se alargue en el tiempo y se venda siempre como el primer día. Y para ello, necesita dinero y grandes dosis de imaginación. El dinero se le va siempre en publicidad - cuando puede - en repartir moneditas por el canal - como en Venecia - y en aventuras muchas veces absurdas que le conducen hacia "cobrandings" ruidosos, pero sin pies, ni cabeza, ni futuro. Y por supuesto, presionado por el inexorable paso del tiempo que todo lo arruga, surge la tentación de la extensión, que a veces se entiende como "y si le añadimos también esto" y otras como "también esto puede hacer eso". Lo cual, es sinónimo de parche.

En raras ocasiones es el cliente el que da ideas suficientemente convincentes como para hacerle cambiar de estrategia, porque en eso, el cliente no siempre tiene razón...o por lo menos él no está ahí para dársela, faltaría más. Pero si un nuevo cliente tiene la brillante ocurrencia de hacer un uso insospechado del producto, estos usos tienen un efecto multiplicador inmediato y además no implica ni rediseñar, a ese product manager le ha tocado la maldita lotería, y si es un poco listo, el marketing ya no lo hará de producto sino de su sempiterna mente inquieta que una vez más, da con soluciones.

Lo de WiiFit y su posible aplicación en los sistemas de seguridad de aeropuertos en Estados Unidos suena a programa de "cámara oculta", pero si el tema funciona, es posiblemente una de las más asombrosas ideas de marketing creadas en los últimos años, y con un producto que está en la "cresta de su ola".