Storytelling



Cincuenta y tantos blogs atrás, le hablaba de la importancia de tener una historia y saber contarla. Yo le ponía el ejemplo de un cliente inglés durante una cena en Madrid, y su cursillo acelerado de batallitas de la humanidad. Es todo lo que recuerdo de él…cincuenta y tantos blogs más tarde.

Hoy el mundo celebra el triunfo de Barack Obama, y más allá de que se justifique su victoria por su negritud, su afro-americanismo, su anti-bushismo – más que por él, porque ahora cualquiera contra-bush – o simplemente porque ya le tocaba a un demócrata, mi lectura de los hechos se me hace más capriana que nunca. Es el triunfo del sermón, la voz y la actuación en comunión perfecta, arrancando del populismo para llegar al patriotismo, y creando un mantra – yes we can – que cuando muchos lo entonan al unísono suena a gospel. Y ya se sabe…God save America!

Porque lo de menos ahora, en la resaca, es si un hombre es capaz de cumplir sus promesas, si lo abstracto se hace concreto, o si cuatro años tal vez pueden ser demasiados para ser Mr. Deeds, Mr. Smith o Mr. Doe. Aunque no sé por qué me da que será más bien George Bailey, heredando el regalito de una empeñadísima compañía de empréstitos (Nota: Si este párrafo no ha sido bien entendido es que necesita revisar varias películas de Frank Capra).

Lo importante es que este hombre tiene una bonita historia detrás, la han reconstruido y refinado, ha contado lo de siempre pero con otro aire, y sus discursos se han convertido en la Nueva América. Esa amiga de las lágrimas barraestrelladas y no de esas que se derraman cuando se estrellan los de Wall Street.

Por eso, el ejemplo norteamericano aún con sus particulares sesgos emocionales, es el ejemplo del marketing de hoy en día. Ese que en el mundo del logo, el spot y el clic se abre paso con el discurso, sabiendo que la imagen impresiona pero la palabra es la que conmueve.


P.D. No me cabe duda de que alguna vez una mujer será presidente, tal vez también un hispano…pero se me antoja más difícil un mudo.

Cositas con bicho dentro



Tan viejo como el intercambio es el gato por liebre. Puedo imaginármelo ya en los tiempos prehistóricos a la hora de comerciar con ganado – esa víctima propiciatoria de la tribu que aún no sabe contar – con los primeros inventores – finánciame y te daré un artilugio sorprendente - y por supuesto, en las remotas culturas mercantilistas basadas en las piedras preciosas, donde a más de uno algo que brillara más de lo normal le produciría ese efecto hipnótico por el que entregar hasta lo que no tiene y así poseer algo que cree vale mucho. Porque reluce y deslumbra.

Seguramente tenemos uno o varios genes listillos, que en comandita, nos hacen engañar. Como ADNs hay tantos como personas, lógicamente las motivaciones deben ser infinitamente diferentes…al menos hasta juntarnos con otros en los que observamos esas otras formas en las que no habíamos reparado y que también parecen funcionar. Ese buen tomar nota de muchos a la vez derivó en sistemas organizados que hoy heredamos.
Por mala fe, por necesidad, por gusanillo o por pura potra, el devenir de la humanidad ha estado siempre plagado de timos, y eso nos ha hecho tradicionalmente más sofisticados en este arte del te la cuelo, porque a la vez hemos debido convertirnos en más cautos.

Si lo piensan, los grandes timos siempre han sido disfrazados de ganga y envueltos en un discurso técnico que nos sonaba bien aunque no terminábamos de comprender del todo, pero donde nuestra capacidad de simplificación convertía la oferta en algo que o nos daba dinero o nos permitía gastar bastante menos. Es decir, intuíamos chollo. Y además, nos daba siempre la impresión de haber sido escogidos para aprovecharlo.
Las víctimas; los ingenuos, los avariciosos, los que van de listos y los desesperados. Pero olvidamos un tipo, que aún siendo víctima se convierte en criminal…
Les hablo de los reconductores, esos intermediarios que o porque se la han dado o porque son conscientes de podérsela dar a alguien – con un mayor beneficio – dirigen el timo hacia el siguiente eslabón en la cadena. Y su mérito será directamente proporcional al valor añadido aportado, lo que en muchos casos es sinónimo de packaging estratégico.

El ejemplo más elocuente es el de los ahora recién bautizados activos tóxicos. Esos productos que empezaron siendo una hipoteca de alto riesgo, que se meten en un bono con otros productos financieros de interesante inversión…y en el repackaging continuo, bancos se los pasan a bancos, bancos se los pasan a brokers, y brokers se los pasan a inversores en el asombroso juego de la Bolsa. En cada etapa, un nuevo nombre y un nuevo envoltorio, en un intento de ocultar sus orígenes y sus saltos. Hasta que todo se descubre al perder dramáticamente su valor – esas hipotecas que no se pagan – y en un velocísimo striptease, el super-producto deja la realidad al desnudo. El resto ya se lo saben; nadie conoce a nadie y por tanto, nadie se fía de nadie. Pim, pam, pum, crash, boooom y adiós…

Un timo técnicamente perfecto donde el engaño se ha deslizado entre tiburones, de ahí a los peces gordos, para terminar pringando a todos los pececillos de colores. Y en esa inmensa pecera estamos todos, aleteando o en el caprichoso movimiento del plácton.

Y usted que se creía tan listo, todavía mirando la apariencia de las manzanas del mercado por si tuvieran gusanos.

Post festum, pestum


Que España gane la Eurocopa es la acción de marketing más sorprendente que podía haber hecho España. Y esta vez sí, toda la maquinaria de branding oportunista y caza-shares-caza-ringtones – desde el “podemos” de Cuatro hasta el “a por ellos” recuperado de La Sexta mundialista…- han tenido algún sentido. Con lo que lo harán nuevamente dentro de dos años, cuando el mundial, y sea quien sea la que se lleve los derechos de emisión y se instale en la nueva plaza roja.

Esta es la mejor prueba de que el marketing con buen producto es eficaz, nos llena y seguramente, fideliza (al menos hasta que vengan mal dadas).

Pero lamento decirle que el sueño se ha acabado y que la España campeona no puede estirarse mucho más. Porque han vuelto a salir las vacas flacas a pasear, y todos, de nuevo, al lío.

Qué poco nos importa ya hasta dónde llegue el petróleo, los tipos de interés, el % de crecimiento o el precio del pollo. De hecho, ya se ha convertido en la inmensa porra nacional donde puede participar hasta el más inexperto. Porque a porras no hay quien nos gane, al menos en índice de participación.

Ahora preocupa el paro, pero ya no ese de los pobres cazados en el pinchazo constructor – que nos pilla tan lejos – sino el que se le acerca lanzando los primeros señuelos en forma de parones de actividad – que usted sigue achacando al pre-verano o a la inocencia ZP – en incertidumbres de cuando llegue septiembre, o en que su teléfono suena menos y gasta más su tiempo en esas reuniones internas de a ver cómo rayos salimos de esta.
Si lo piensa, usted de verdad cree que ya no puede estar seguro en su sitio. Pero no lo piensa. Sabe que si esto aprieta más, más cierran, más retrasan decisiones, menos compran, y habrá menos razones para seguir haciendo las cosas que solíamos hacer y de la forma en que las estábamos haciendo. Este bonito trabalenguas se resume en la máxima que recomiendo grabe en su mente; no puede quedarse quieto.

Busque formas más agresivas de acercarse al mercado, hágase entender entre los suyos – a su empresa me refiero – y lance un grito de guerra que les suene a pánico, a armaggedon, a o espabilamos o todos a la calle. No son tiempos de verlas venir ni de lamentarnos de nuestra mala suerte. Esos tiempos han pasado y ya les pusimos culpables. No es el momento de la paciencia, sino de la inconsciencia. De los kamikazes.

Un mercado que se desacelera no significa que desaparezca, sino que se reordena. Y en el nuevo orden no hay sitio para los que se han escondido, sino para los tapados, que es muy distinto. El que se esconde es un cobarde por inacción, pero el que se destapa es un valiente por oportunismo.

Pero asumir esta clase de riesgos no va con la mayoría de empresas que en los tiempos de bonanza se han cargado hasta las cejas de costes estructurales y de procesos burocráticos cuyas sobre-dimensiones no son sino el triunfo de un avispado asesor o del poder administrativo queriendo también hacer marketing. Y eso a ver quién lo desmonta ahora sin que cueste mucho dinero. Es más fácil seguir dándoles el poder, aunque bloqueen nuestra capacidad de acción y reacción. Y más cómodo seguir pensando que con lo mismos y con más orden se atravesará el huracán dure lo que dure su paso. Pero lo cierto es que solo se está haciendo más hondo el refugio, y a cierta profundidad, ya es tumba.

Si este es su caso y esto es lo que le rodea cada mañana, tiene el dilema de o ponerse en las manos de sus financieros – que todos sabemos que son los más indicados para sacarnos de una crisis comercial – o buscarse otro trabajo. Sí, me ha oído bien, buscar y en los tiempos en que nada ni nadie se mueve y su caché está en clarísima deflación. Pero tal vez sea esa la estrategia más certera del tapado en el nuevo mundo.