Cotillas de armas tomar



Espiamos a la competencia directa,
y directamente a toda la demás.
Espiamos a nuestros queridos clientes,
y a los que creemos nos tendrían que comprar.

Espiamos a nuestros proveedores
y a toda la gente en el canal.
Por si los precios, por si los márgenes,
o por si algo se pudiera hacer mal.

Espiamos a nuestros colaboradores
y a los que con nosotros podrían colaborar.
Para ver si de verdad ayudan,
o en qué momento nos podrían plantar.
...Y también a los que se alían con otros,
por si nos la pudieran armar.

Espiamos sus números, sus productos,
sus prácticas y sus intenciones.
Sus palabras, sus datos técnicos,
sus catálogos, y sus presentaciones.
Sus webs, sus stands y su tienda.
Sus balances y su situación con Hacienda.

Espiamos sus historias, sus cuentos,
y sus extraordinarios delirios de grandeza.
Sus noticias, sus sueldos, sus trampas
y sus inevitables signos de torpeza.

Espiamos a sus ejecutivos
cuando su lengua se tensa.
A sus directivos que no callan
en las conferencias de prensa.
A sus despedidos recientes
que airean miles de intimidades
A sus amigos, nuestros submarinos,
comisionando sus infidelidades.

En las pizarras mal borradas,
En los papeles sin eliminar,
En las pantallas no apagadas,
En las Excel sin minimizar.

En las grandes ocasiones,
mientras el sushi y champán,
y en esas que son pequeñas,
cuando toca ya el pacharán.

Con nuestras enormes orejas,
con nuestros ojos de lince,
con nuestras boquitas chicas,
con nuestra nariz de husmear.

Todos los chascarrillos.
Todos los macutazos.
Todos los globos sonda.
Y algún que otro dato real.



Los minutos de la miseria


Cuando un equipo de fútbol gana por 4-0, el tramo final del partido se hace eterno. Los locales se han cansado de atacar por el simple hecho de atacar, y los visitantes, humillados, se preguntan que para qué. Todo se convierte entonces en un absurdo.

Hay muchos momentos en la vida donde tras venderse todo el pescado, lo que viene después es simple y llanamente paja. Es ese período cansino de oídos sordos y palabras reiterativas.

Hoy he vivido uno más de esos que se deberían haber resuelto exactamente en el minuto 17, que ya había goleada, perdonar un resultado mayor y evitar las lesiones de última hora. Porque cuando uno ya ha dado mil y una vueltas a lo que tiene que decir, la gente ya ha echado todas las cabezaditas pertinentes, y los objetivos están teóricamente claros y meridianos – no para el de la siesta prolongada y clandestina – cualquier intento de ir más allá es del todo ridículo. Nadie está por la labor, y todos solo esperan a las copas.

Solo hay una cosa peor que la insistencia en lo que no puede dar más de sí; creerse uno mismo que las aproximaciones tardías – la del de la siesta, por ejemplo – son un síntoma inconfundible de que la cosa no ha acabado aún y que merece la pena repetirse.

Todos lo hemos visto en los estertores de las fiestas de mucho vino y poco canapé, donde los efectos secundarios son más que evidentes. La gente ríe nerviosamente, las manos dan palmaditas amistosas en las espaldas, y los brazos agarran a los brazos, a las cinturas, a los hombros. A los de cualquiera.

En ese ambiente desinhibido y tan peligrosamente próximo al descontrol, donde surgen las reflexiones antes soterradas y las críticas que ahora se creen inofensivas, hay gente que tomándose todo esto en serio, todavía confía en la trascendencia de su discurso. Ese que se quedó a las puertas de la terraza del ji-ji-ji o tal vez en la oscuridad de la sala de proyección. E insisten echando mano de números, planes, cosas que ya hemos sufrido, y que a pesar de haber bajado la guardia – nosotros, en nuestra intoxicación – no podemos volver a sufrir.

En los minutos de la miseria, lo mejor es pedir la hora. Y que nos hagan caso.

Campos magnéticos imposibles


Cuando un desconocido te regala flores…venga, como sigue, no se me haga el remolón…eso es ¡Impulso¡

Esta frase publicitaria de un spot de televisión de hace ya trotecientos años trataba de vender desodorante – de la marca Impulso…¡bravo por ese copy que no deja espacio a la imaginación! - de la única manera que parece ser que un desodorante puede intentar venderse en 20 segundos en 625 líneas de antes que ahora son 1080 p ; por el aroma que no podemos oler (hasta donde la tecnología actual nos permite). Antes lo intentó Rexona – que no te abandona - – de extraordinario recuerdo, por sus playas paradisíacas ¡y un jamón! – los Sanex – que por lo menos vendían algo que da igual que no podamos olerlo en un intermedio peliculero – y más recientemente, Axe, el gran monopolizador del maravilloso poder del sobaco como reclamo sexual. Y puestos a tenérnoslo que creer ¿es que no es mejor pensar en que uno puede comprar aromas que pueden hacer gran parte del farragoso trabajo de la seducción? Y no se llama Spanish Fly (esto va por los que dicen más arriba no acordarse de Impulso)



Es curioso, pero no lo recordaba así


Toda esta explicación, para la galería…porque yo en realidad venía a hablar de impulsos y no de axilas que volverían loco de atar a Grenouille.

Como muchas otras cosas en marketing en particular y en el comportamiento humano en general, no me lo creo. Eso de que en momentos dados sentimos tal irrefrenable empujón celular que nos hace perder el sentido por un producto – o por algo o alguien – y no solo desearlo, sino hacernos con él sin más, es una extraordinaria leyenda que no tiene nada que ver con el cómo tenemos colocadas las neuronas y cómo reaccionamos ante los mensajes. Y no me vale eso de que tenemos instantes de debilidad o que los productos se colocan estratégicamente en las tiendas para que no te haga falta ni pensar si debes llevártelos. Somos tontos, pero ¡taaaanto!

Lo que nos ocurre es que la racionalidad de nuestros actos tiene velocidades variables, y hay ocasiones en que el acelerón es de tal magnitud, que de pensarlo a comprarlo se nos crea la ilusión del impulso. Que digo impulso, del medio-hurto.

Los publicitarios de pro han inventado un discursito en el cual se nos dice que hemos aprendido a negar nuestros impulsos y a verlo todo desde la óptica más funcional – o sea, para qué me sirve y ¿puedo pagarlo? – y que en este mundo en que parece que hasta nos pensamos la rentabilidad de la inversión en una pila alcalina debemos aprender a escuchar a nuestros impulsos – dondequiera que los tenga cada uno - y actuar sobre ellos. Porque el impulso es autenticidad – cursilada de tomo y lomo – y hace a la gente más libre.

Pero no nos confundamos. Que deseamos cosas, claro que sí. Que no siempre los procesos de búsqueda y elección de esas u otras cosas responden a los mismos patrones, bueno pues…puedo admitirlo hasta cierto punto. Que tenemos emociones y que las compras pueden a veces parecernos emocionantes, vale, si bien debo tener un extraño sentido de la emoción. Pero que somos irracionales, apasionados, rebeldes y hasta rematadamente estúpidos por conseguir algo, esto…debe serlo ese publicitario y su querida familia, a la que ya me estoy imaginando un sábado por la tarde derramando sentidas lágrimas en un centro comercial.

Sí, todos tenemos nuestros propios esquemas y hasta nuestras preferencias de compra. A mí me gustan los gadgets, los fascículos coleccionables y las películas clásicas en DVD, pero hasta yo le encuentro un sentido inversor a lo que otros lo llamarían locura consumista. Mis razones no les importan, pero les juro que las tengo y son importantes. Mi problema es una cierta dificultad para la sustitución de elementos y mi irracionalidad tiene que ver más con mi escasa memoria a corto plazo. Esa que me hace olvidar porqué hago lo que hago y porqué empezaba a contarles una preciosa historia de desodorantes…