El gran salto



8 de la mañana de un viernes de abril. Con lluvia, muchísima lluvia.

Un plató en el centro de Madrid. Una cita inamovible. Una previsible jornada de mucha acción, esfuerzo, … pasión.

Local vacío. Blanco y rosa. Un mágico universo en el que solo unos pocos lo preparan todo, deseando dar la bienvenida.

Poco a poco llegan las chicas, respondiendo fieles a la llamada de lo que creen puede ser su fama. Con novios, amigas, familia … o solas. Con timidez, entran. Preguntan. Se inscriben con nerviosismo. Están a poco tiempo de su momento, tal vez de su mejor momento.

Dentro, la espera. Formularios que se hacen interminables. Ruidos de bolígrafos mientras pasan de un lado a otro. Preguntas sobre cómo son, qué sueñan, qué buscan ... Desde el suelo, apoyadas en la pared o sobre la espalda de una cómplice amiga, escriben y comparten ese pedazo de sí mismas. Los nervios aumentan.

Algunas leen lo que llevan o encuentran, otras recurren a sus móviles, en llamadas cómplices, en un tiempo que desean que pase rápidamente. Las más decididas hacen nuevas amigas o recurren a las que han llevado consigo. La compañía es un bálsamo contra el agobio. Contra ese estrés incontrolable.

También se miran. Con disimulo, pero se miran. Por sus mentes deben de pasar muchas impresiones. Seguramente comparaciones rápidas, creencias en sus propias posibilidades, deseos de que también las demás estén pasando por lo mismo que pasa una misma.

Y todo esto pasa mientras el goteo de aspirantes a modelos pasa al otro lado. Un rincón profesional, con aspecto casi cinematográfico, mágico. Disparos. Luces. Poses. Sonrisas. Provocación. Insinuación. Deseos de ser la elegida.

Cuando su momento termina, se sueña en que ese momento de alguna manera no termine nunca.

Y ajenas a sus propias lágrimas, algunas lo llamarán esperanza.
Tal vez presas de sus tempranas sonrisas, todas lo llamarán ilusión.

El mejor de los tipos


Querido Hugh,

Llevo mucho tiempo queriendo escribirte, pero no sé si es que no encontraba el momento o que nunca he llegado a atreverme. Creo que la primera vez que lo pensé tendría 14 años, con lo que podrás comprender mis recelos.

Siempre he deseado ser tú, y tu éxito es seguramente la cosa que más he envidiado en mi vida. No por el dinero o tu fama (que también) sino porque has logrado hacer lo que te gusta, y eso que a ti te gusta, es lo que nos gustaría hacer al resto de los mortales.

Durante muchos años he seguido tu trayectoria con mucho detalle, y tu mito no ha hecho sino crecer. Lejos de pensar (y suspirar) que te dieras algún día el gran batacazo, debes creerme cuando te digo que eres una de las poquísimas personas en este mundo al que desearía la más larga de las vidas y la más prolífica de las carreras. Porque eres el auténtico number one, el hombre al que deben y deberían amar todas las mujeres, el amigo de todas las estrellas, y con toda seguridad, la persona que de más chicas guapas se ha rodeado nunca. De hecho, aún sigo pensando en que tú y solo tú decides los cánones de la belleza femenina moderna y muchas de las tendencias de la cirugía.

Has hecho de tu vida el plan de marketing perfecto, y en su mix, la marca más poderosa. Tu producto es el más deseable, y todos estamos fidelizados. Da igual que tenga casi 60 años y tu debas estar por los ochentaytantos (¿me equivoco?) El tiempo a ti no te importa, no como a Disney (el bueno de Walt lleva frío varias décadas) u otros muchos que quisieron ser como tú (no Disney) muriendo en el intento mientras iban matando a sus marcas por el camino.

El otro día te ví en una entrevista que tiene ya cinco años. Estabas como siempre te recordamos, con albornoz, pipa y sonrisa de nunca dejar de pasártelo bien (¡serás c…..!) contando anécdotas, echando la vista atrás, haciendo todavía más marketing de lo que tienes y cómo lo has logrado. La entrevista se complementaba con imágenes (no comments) y hablabas y hablabas; de cómo has creado un símbolo de la cultura norteamericana moderna (en base a tamaños, volúmenes y proporciones, entiendo) de lo mal que lo pasaste en los ochenta durante Reagan (no puedo creerte) de cómo Internet redefinió tu negocio (bueno, se trataba de escanear ¿no?) y de la cuerda para rato que dices te queda (yo empezaría por tranquilizar mis hábitos un poco). Pero lo que más me llamó la atención, más allá de tus baños de multitudes, de tus apariciones estelares en las que casi no se te veía entre melenas rubias y anatomías perfectas, de tus sesiones de casting fotográfico en la mesa de tu salón y recién levantado…lo que de verdad me entusiasmó fue tu piscina. Una piscina con forma extraña, de agua cristalina, rodeada de bosque, donde parece que el sol nunca la abandona (¿también lo has comprado?) y donde siempre hay gente bañándose. Pero gente bellísima, desbordante, con vestuario mini y haciendo más válido que nunca el principio de Arquímedes y no sé si también la Ley de Boyle-Mariotte
Siglos y mujeres después.

Por tanto, debo reiterarte mi admiración, mis felicitaciones y mis mejores deseos, que no deben ser muy diferentes de los tuyos.

Yo sé que vivirás siempre, que siempre serás un objeto de culto y estudio y en mi tendrás a un incondicional. Para lo que sea, oye.

Afectuosamente,


Nota: Esa piscina ¿tiene salvavidas?

Con los comerciales bien puestos


Es curiosa la percepción humana. Basta un titular como el de arriba para extraer un sinfín de interpretaciones.

- En un entorno español y algo mal pensado (seguramente la interpretación más espontánea y mayoritaria) se creerían que de lo que les hablaría a continuación es del valor que debe echarle un vendedor, en clara alusión a esa expresión tan castiza de “echarle …... a las cosas”.

- En un entorno también español, pero un pelín más sofisticado, ya se estaría pensando en estrategia comercial, en redes de distribuidores, en planes de ataque al mercado. Porque los comerciales deben estar donde mejor puedan vender, dirían, y se supone que este es un blog de marketing…

- Y finalmente (para no eternizarme) en un entorno latinoamericano, “comerciales” se asociaría inmediatamente a “anuncios” con lo que la frase cobraría un sentido bien diferente; esperarían un discurso sobre estrategias de comunicación, planes de medios e, ilusos de ellos, el secreto por el que por fin se desvelara qué demonios hay que hacer para que sean eficaces. Pero es que no lo son, y si lo fueran, perdónenme, pero no se lo diría.

Esta forma de hablar o de escribir, es también una forma de hacer publicidad – o una parte del mensaje publicitario – siendo más antigua que el tebeo; y las agencias están llenas de esos copy que buscan la gracia, el doble sentido, la comunicación “inteligente”. Tan inteligente que al exigirse análisis en un momento que teóricamente es distendido – ¿o es que usted ve anuncios con papel y lápiz? – es inevitablemente olvidado a las primeras de cambio. O eso, o se recuerda como una rareza…lo cual no quiere decir ni mucho menos que cale el mensaje de la marca, a no ser que la marca sea rara, que también las hay.

Porque la publicidad es un arte difícil, y eso es porque la creatividad también lo es. Me refiero a esa creatividad que de verdad funciona, la que surge como un espasmo tras haber entendido bien lo que se tiene entre manos (el producto) quién lo tiene entre manos (el anunciante) y quién debería tenerlo en sus manos (el consumidor…aunque los más in los llamen clientes). Porque la otra creatividad, esa que abunda y que nos puede, esa que se basa en lo que solo a nosotros mismos nos gusta, en lo que hemos visto y queremos replicar, o simplemente, en esa especie de autoengaño colectivo tan típico de las sesiones creativas…pues esa, no vale. Y utilizo una frase publicitaria que todos conocemos, y que sí es creatividad de la buena, para definir esa máxima que debemos siempre tener presente antes de lanzarnos a anunciar nuestras propias cosas; “la potencia sin control no sirve de nada” Se lo interpreto por si se olvidó del papel y el lápiz; que no se es más por intentar ser más original, sino por medir bien sus consecuencias. ¿Mejor así? Espero que sí, porque no da más de sí…

El universo de los anuncios, sea cual sea su manifestación – es decir, medio y soporte – está plagado de clichés no por falta de talento creativo, sino por miedo escénico. Miedo a llevar la contraria a tiempo a un anunciante “que conoce como nadie su marca y sus productos” y miedo a sacar los pies del tiesto porque si todo fuera un fiasco, es mucho dinero mal empleado del que hay que rendir cuentas, y la escalada de juicios rápidos y guillotinas no se hará esperar.

Sí, amigos, son arenas movedizas porque este mundo no hay quien lo entienda. Compramos porque nos anuncian, y ni nos gustan los anuncios ni reconoceremos nunca que tenemos las cosas que tenemos porque las hemos visto anunciadas. Y nos da igual que nos hablen de vidas que nunca viviremos o de cosas cuyos precios parecen crearnos enormes sentimientos de culpa.
Tal vez sea tan simple como entender por fin que no podemos atender a todo – usted, si es de ciudad, recibe 15.000 impactos publicitarios al día, de alguna forma – que todo nos parece lo mismo – porque todo es lo mismo – y que nadie está dispuesto ya a dejarse sorprender - porque no atendemos y porque sospechamos que nada hay de nuevo, por mucho que se empeñen -.

No confío en que esté de acuerdo por completo con esta reflexión. Pero si extrañamente es de los que aún creen en los impactos, en las sorpresas publicitarias, y en los titulares que le hacen gracia y le empujan a comprar, no dude en ponerse en contacto conmigo en la dirección e-mail que le pongo ahí arriba del todo, a la derecha. Tengo un bonito anuncio para usted.