Es que hay gente para dar y tomar, y se reducen al tamaño foto DNI


A estas alturas, hablar de lo enredados que nos tienen las redes ni es noticia, ni sorprende. Nadie se da por enredado, pero lo cierto es que, cuando puedes, enredas.


La gente dice hablar de oídas, asegura ni dedicarle siquiera un rato, y por supuesto, ni comparte, ni habla, ni pierde el tiempo. Y millones de gentes andan mintiéndose cuando creen adivinar en facebook algo que reduce su intelectualidad proyectada, porque suponen pueril su debilidad, salvo que el de enfrente empiece antes con lo de que está en linkedin - que qué bien funciona, oye - y la espiral conduce irremediablemente a airear los trapos más sucios y resulta sin piedad en ese "a redes tú y cien como tú, no me ganáis ni de suerte".


La historia de las fotitos y los amiguitos sin fin es la realidad social que nos toca vivir. Un círculo vicioso en el que vence el que más tiene, y se hacen, se compran o se inventan si es preciso. Pero que el casillero tenga tres dígitos al menos, pedazo de autista digital.

No vale ya echarle la culpa a esos norteamericanos que hacen webs a mascotas, y los niños crean variopintas sectas en la red. Nosotros, como ellos, pero más tarde y casi seguro que con menos edad, y si no, que alguien audite ya ese tuenti de innumerables chiquillos en su recién docena de años.

Sí, soy de facebook y de lo que me echen o se lleve, y las horitas de vuelo deben sumar no pocos días, esos de los que debería lamentarme cuando de viejo, eche la vista atrás y compare cuánto de pie, y cuánto sentado. Pero tendré amigos en todo el mundo, aunque ellos, ni lo sepan.

Pocotú, muchoyo






















A todos esos twitteros empedernidos,

encubiertos juglares modernos,

apasionados comunicadores last minute,

extraordinarios cronistas de la vida (también su vida)

sacrificados del tiempo a los que todo ya les puede parecer tarde,

conectados sin desconexión posible,

reporteros a la caza de enlaces,

retweeteadores hasta los límites de lo imposible, troceadores de la realidad y fragmentadores de todo, todo, todo lo que pasa y aunque no importe...


Para esos, pues esto...y seguro lo entienden.

E-books, Ipads y otras cositas más vagas




Décadas después, y tras innumerables intentos pdfilos (por pdf, eh!!) y multimedia (de esa que embebida, ni agarra Google, ni dan ganas de leer) parece que al fin lo que empezó siendo sci-fi editorial, tiene visos de haber comenzado a vislumbrar ese formato con el que dejaremos a los kioskeros vendiendo tabacos y bonobuses, y a los medios, o reciclándose con urgencia, o transformándose en otras cosas...esas otras cosas a las que todavía no les ha dado tiempo o no les han dado el dinero.

Sí, en esa batalla de soportes empeñados en que las páginas no deben pasarse sino moverse, y que la palabra bookmark ya nunca más será ese trocito de cartón o ese banderín con flequitos, todavía nos mostramos reacios a pensar en estanterías llenas de telarañas, pero amigos, el espacio y el tiempo todo lo pueden.

Los Amazon, los Sony, los Apple, los Microsoft, o los Adobe estarán condenados a entenderse cuando se aclare este nuevo y más moderno versus del beta-vhs, y sean tablets, kindles, iphones o el cacharro que se invente, todavía les quedará esa evangelización pendiente, sí esa que no puede basarse solo en apelar a lo vertiginoso del ritmo tecnológico - el viejo cuento del avanzado y el retrasado digital - sino en tratar de cambiar las costumbres más culturalmente asentadas.

Que se mueren las editoriales al uso...¿y a quién diablos le importa? De aquí en adelante, lo verdaderamente preocupante es que cambiaremos la forma de sentarnos, el lugar de donde nos viene la luz, y que para leer - o como lo llamen todos estos - siempre con login y un password.